La España de la Escuela de Salamanca

1. LA SITUACIÓN POLÍTICA

En su trabajo La España Imperial(1), dice John H. Elliot que a finales del siglo XVI, época en la que la Escuela de Salamanca comienza a dejar de brillar, las circunstancias en las que se encontraba Castilla eran simplemente extraordinarias. La situación económica era, en pocas palabras, catastrófica. En 1596 Felipe II declaró su tercera bancarrota. Esto, unido a la sensación de fracaso generada por la serie de derrotas militares –La Armada Invencible se pierde en 1588– dio lugar que Castilla se viera sumida en una profunda crisis, que, sumada a otros factores, hizo que el reino se encerrase en sí mismo. A partir de ese momento, España empieza a sentirse insegura de sus posibilidades. Pero aun así, como sostiene Manuel Fraga Iribarne, participó sin dudarlo en la Guerra de los Treinta Años y llegó a enfrentarse contra toda Europa: Francia, Inglaterra, Suecia, Venecia, Saboya, Dinamarca, Brandemburgo, Sajonia, Weimar, etc.


Pero ¿qué caracterizaba a la España de la época? Se puede observar una España con una gran crisis financiera, pero debemos decir que no sólo existía una crisis económica, sino que también había problemas de tipo político, fuera y dentro del territorio del reino, y sobre todo existía un problema de naturaleza moral. Sabino Alonso-Fueyo es claro cuando afirma que “La España de los siglos XVI y XVII era un pueblo católico, más diría, un pueblo de teólogos, que se convierte en campeón de la unidad y la ortodoxia cuando el orden cristiano sufría un duro quebranto en el resto de Europa”(2).


España se convierte en la gran protagonista de la política europea, al liderar el movimiento de la Contrarreforma. En pocas palabras, cargó con el mantenimiento del orden tradicional.


¿Qué fue la Contrarreforma? Básicamente, un movimiento defensivo, por el cual se cierra el paso a la Reforma Protestante en determinados territorios de Europa, y se lucha por el mantenimiento de la tradición apostólica y romana. La Contrarreforma, en palabras de Tierno Galván, se manifestaba de dos maneras: la Contrarreforma religiosa, representada por el esfuerzo de la Iglesia, y la Contrarreforma política, representada por España.


Hay que decir que esta defensa del orden romano complicó mucho la existencia del Reino de España como tal. De hecho, como afirma Fraga Iribarne, el objetivo de la España de los Habsburgo era el mantenimiento del statu quo: el sosiego, la estática de la paz, la pax austríaca; o sea “la paz vinculada al orden de las cosas”(3).


Por lo tanto, vemos una España que se caracteriza por su idea de firmeza, de resistencia ante los cambios que aún no han sucedido, pero que parece llegarán sin remedio. La España en la que se desarrolla la Escuela de Salamanca es una España de reyes que no reinan, porque, aunque nace en la época de Felipe II, se desarrolla y desaparece durante los reinados de Felipe III y Felipe IV. Es también, como fruto de esa debilidad de los monarcas, la España que llega a observar una cierta desnaturalización de la institución monárquica”(4), la España de los válidos y los favoritos, de los que tanto desconfiaron personajes como Diego Saavedra Fajardo. En resumen, es una España que se mueve en un mundo cambiante, de una forma insegura, con un camino claramente definido, pero desconfiando de sí misma, en una Europa en transición. Como señala Fraga Iribarne en su edición de Empresas políticas, “Aún no ha llegado la estructura racionalista del siglo XVIII, ni el Despotismo Ilustrado, pero terminan los últimos recuerdos del medievo, en Francia ya apunta Luis XVI, en Inglaterra la Revolución inicia el parlamentarismo y los partidos”(5).


Debemos decir que intelectuales como Saavedra y muchos de los miembros de la Escuela de Salamanca formaban el nutrido grupo de intelectuales conscientes de los cambios. El diplomático murciano, según José Antonio Maravall, cree que se mueve en un mundo en constante transformación. Esto es, sin duda, una de las características del pensamiento barroco: ninguna cosa permanece en la Naturaleza. Por ello, y como afirma el profesor Maravall, “El problema político por excelencia en el siglo XVII es la ´conservación´ del Estado, como el problema moral general es el de la conservación de cada cosa, por tanto de cada individuo”(6). Parece que lo anterior es la máxima común de la literatura política barroca.


El crepúsculo de la Escuela de Salamanca comienza con la Guerra de los Treinta Años, esa guerra de grandes dimensiones, que nace en Bohemia en 1618 y se desarrolla entre los países europeos, con el único fin de luchar contra el poder de Roma, del Reino de España y de la Casa de Habsburgo, e instaurar las condiciones necesarias que hicieran que el Ancien Regime diera paso a la Europa Moderna, burguesa y protestante, representada en los Países Bajos y los principados alemanes adscritos a la Unión Evangélica(7) . Fraga vuelve a ser muy claro cuando afirma:


Saavedra presencia el tránsito de una Europa basada en el orden cristiano, a otra que sólo pretende un equilibrio mecánico entre potencias políticas, y en la cual los Estados son Leviatanes que no reconocen superior en la Tierra”(8).


La Guerra de los Treinta Años destruye el inmenso poder del que disfrutó Roma hasta ese momento; también pone fin al dominio español en el mundo y abre el Grand Siecle de Francia. El país vecino triunfa en la nueva etapa de la historia que está a punto de iniciarse, y sus resultados se ven claramente en la Paz de Westfalia (1648) y en la Paz de los Pirineos (1659).


Como afirma Francisco Ayala, “Lo moderno en el siglo XVII era el pensamiento de la soberanía como doctrina del absolutismo político, y el pensamiento –más o menos corregido– de un gobierno monárquico moderado, que aparece en Saavedra Fajardo como en toda la literatura española de la época, era por el contrario lo anticuado y tradicionalista tratando de afirmarse contra innovaciones juzgadas peligrosas”(9).


Como se ve, parece que no sólo Saavedra, sino también el mundo intelectual español de la época estaba de acuerdo en esa defensa de la monarquía tradicional. José Antonio Maravall piensa lo mismo, cuando afirma que Saavedra muestra claramente una “sensata inspiración conservadora”(10) al defender, por ejemplo, el valor de la experiencia y de la tradición, como fuente de normatividad para el comportamiento político, el valor de la historia en la educación del príncipe, etc.


Por lo tanto, podemos finalizar este apartado diciendo que la España salmantina era un reino que no quería cambiar, en un mundo que lo estaba haciendo constantemente. Y esa fue su ruina también: probablemente el miedo al cambio que existía en España y la incomprensión de ver que el resto de los países estaban cambiando ya. Los epígonos de la Escuela, entre ellos Juan de Lugo, acabaron sus días viendo a España sumida en una situación trágica, con un rey débil, como era Felipe IV, bajo la sombra de su válido Don Luis de Haro, sobrino del Conde-Duque de Olivares, declarando una nueva bancarrota en 1647. Con una serie de provincias en lucha abierta contra la monarquía y sus impuestos, por ejemplo Aragón, Valencia, Cataluña (declarada República Independiente bajo la protección de Francia desde 1641), las provincias italianas que se sublevaron en 1647, y firmando un Tratado de Paz –la Paz de Westfalia (3 de enero de 1648)–, en el que España reconocía la independencia y soberanía de las Provincias Unidas.


2. EL MUNDO CULTURAL


Sin embargo, y aunque suene paradójico, los escolásticos salmantinos vivieron sin duda el período más dorado que se conoce en la historia de España, en cuanto a las artes se refiere. Disfrutó del conocido Siglo de Oro. Por lo tanto, tiene sentido la respuesta de Manuel Fraga Iribarne, en la introducción a Empresas políticas(11), cuando se pregunta: “¿Cuál fue, pues, la España de Savedra? No hay duda: La más bella y la más triste, como corresponde al nudo de la tragedia histórica”(12). Fraga continua diciendo: “La más bella es el Siglo de Oro: Quevedo, Velázquez, Gracián, Calderón. Pero también en el sentido de que estuvo a punto (o podía creerse) de lograrse la victoria que prolongase durante dos o tres siglos más la preponderancia española”(13).


Es magnífico, para tener una visión general del arte en la época de Saavedra Fajardo, el artículo de Enrique Ferrari Lafuente El arte en tiempos de Saavedra Fajardo(14). El señor Ferrari comienza reconociendo que “...nuestro autor vive una época de penuria, de agotamiento del Estado español, de profunda crisis política, de lo cual es testigo, desde el observatorio de Alemania, en el que se fragua la paz de Westfalia”(15).


Se indica que entre los siglos XVI y XVII se genera un cambio de estilo que da lugar a dos momentos significativos: uno caracterizado por el Clasicismo, el Humanismo, el Renacimiento, y el otro caracterizado por el Barroco y la Contrarreforma.


Resaltan en la pintura figuras como Ribera, Velázquez, Alonso Cano; en la literatura, desde 1545 a 1560, escritores como Cervantes y Mateo Alemán; a partir de 1560, Quevedo, Lope de Vega o Tirso de Molina; y luego, en la última etapa, a partir de 1590, Saavedra, Alarcón y otros. Sin embargo, en palabras de Enrique de la Fuente Ferrari, la generación más decisiva “es la generación que va de 1590 a 1605”(16) . Lo es porque representa la culminación del Barroco: en literatura, Calderón, Rojas, Gracián; en pintura, Velázquez, Zurbarán, Ribera y Alonso Cano, que, según Ferrari, “representan la crisis del español humanista y son los que la Reforma y la Contrarreforma van a ahuyentar”(17).


Se puede percibir con claridad esa transición del Renacimiento al Barroco. De hecho, parece claro lo que señala Ferrari:


“La idea del Renacimiento fue mostrar un ideal de perfección que encaminase las cosas por encima de la esfera de la vida y surge el Barroco. El Barroco viene a una vida imperfecta y por la desilusión se encamina otra vez a la verdad. El Barroco es un arte existencialista y así, frente a la belleza ideal de Rafael o Leonardo, bellezas que no encontramos por el mundo, el Barroco da la realidad de la vida. En España esa vocación está claramente encaminada a la verdad. Nuestro realismo no es la aceptación realista de la vida, es la entrega apasionada a la realidad, basada en el drama trágico y diario de la vida”(18) .


Se puede observar con claridad, según Ferrari Lafuente, la singularidad del arte español en disciplinas como la arquitectura o la escultura. El autor reconoce que “Tenemos un Renacimiento nuestro. En España se da la paradoja de que los artistas casi no van a Italia, mientras que los de los otros lugares de Europa sí”(19).


Por lo tanto, vemos que el drama político que sufría España no fue un problema para la creación artística y que el período en el que vivió Saavedra Fajardo fue, a pesar de las dificultades políticas, el más grande de la historia española del arte.


3. LA SITUACIÓN ECONÓMICA A FINALES DEL SIGLO XVI


En su ya clásica obra La época del mercantilismo en Castilla(20), don José Larraz afirma que, a partir de los descubrimientos españoles y portugueses, el comercio europeo se articuló alrededor de ciudades como Sevilla, Lisboa o Amberes, restándole importancia a las ciudades que se encargaban del mismo hasta esa fecha, como las del Hansa (en Alemania), y al sur las repúblicas italianas Venecia, Génova o Florencia. Pero ¿cómo eran los reinos que al unirse constituyeron la monarquía hispánica?


En opinión de Larraz, hacia 1500 Castilla era un reino pobre y sin posibilidades de desarrollo claras. John H. Elliot(21) caracteriza a Castilla como un reino orientado más a la guerra que al comercio, que evolucionó económicamente gracias a la lana de las merinas, debido a lo cual se desarrolló mucho –la Mesta es la demostración de esto– el sector ganadero. De todos modos, el británico declara que en el reino castellano era muy difícil generar una burguesía mercantil, debido al alto número de nobles con poder.


El caso de Aragón era, sin embargo, distinto. Fue un reino próspero, gracias a la maestría catalana en llevar a cabo numerosas actividades comerciales. Según Elliot(22), Barcelona llegó a tener cónsules por todo el Mediterráneo. El sistema, como explica el investigador británico, funcionaba sobre la base de pacto entre gobernantes y gobernados. Las libertades estaban claramente definidas: la institución más importante eran las Cortes de Cataluña, Valencia y Aragón, que negociaban con la Corte todo lo referente a impuestos, préstamos de dinero, etc. Aragón era antes de la unión con Castilla un reino que poseía territorios fuera de la Península Ibérica, como los de Cerdeña y Sicilia. También a éstos exportó su modelo de gobierno. Sin embargo, en el momento de unirse, el reino de Aragón pasaba por lo que se suele calificar de “período negro”. En ese momento, Cataluña era un reino empobrecido por disputas dinásticas –había ascendido al poder una casa castellana, la de Alfonso el Magnánimo–, por la recesión económica y por la peste. Además, Cataluña sufrió una grave crisis en el campo, hubo varias quiebras de bancos, etc. Todo esto significaba que en el momento de la unión el gobierno de Aragón no estaba en una buena posición para negociar.


La unión se produjo, y a partir de ahí el reino comenzó una carrera meteórica, que le llevó a realizar un gran número de conquistas en el continente americano. Como resultado, en parte, de las mismas, comienza a entrar en el reino una gran cantidad de oro y plata, debido a los cuales el nivel general de los precios sufre una serie de fluctuaciones. Marjorie Grice Hutchinson(23) comenta que las repercusiones inmediatas de estos envíos sobre la economía castellana fueron notorios: Castilla sufrió un alza sostenida en el nivel general de los precios, los tipos de interés y de cambio fueron afectados por grandes fluctuaciones, etc.


Larraz dice que “la abundancia de metales preciosos, en un medio psicológico dominado ya por el alza a causa de la demanda americana, potenció la elevación de los precios”(24)..


Según el profesor Larraz, “el flujo de plata vertido por las Indias sobre Sevilla, que había doblado el índice general de precios en la primera mitad del siglo XVI, volvió a doblarlo en la segunda mitad, a pesar de que las cantidades importadas en éste fueron muchísimo mayores que en el período anterior, síntoma inequívoco de que existía un drenaje del “stock” monetario castellano para tomar camino de Europa”(25)..


Tanto el profesor Larraz como Grice Hutchinson, Elliot, Elorza, etc., afirman que España sufrió a lo largo de todo el siglo XVI la más alta nivel elevación de los precios de toda Europa.


Las consecuencias económicas son varias. Para empezar, el alto nivel de los precios dio motivo para que llegaran a España numerosos comerciantes y mercaderes extranjeros, principalmente a Sevilla, que es desde donde se dirigía todo el comercio hacia las Indias.


Esta llegada masiva de comerciantes atraídos por los precios y por la demanda de la Indias hizo que aumentase de forma brutal la competencia y se desincentivara la producción propia. Larraz opina que, además de estas causas, generadas por el nivel de los precios y la competencia extranjera, debió existir también un conjunto de razones de tipo cultural, dado que se debió producir un fenómeno de liquidación de negocios y de transformación en empresarios rentistas.


Marjorie Grice Hutchinson opina, en una línea similar a la de Larraz, que, “además de la afluencia del tesoro, había otras causas en el incremento de los precios. Las malas cosechas, la decadencia de la manufactura y las crecientes demandas de Indias, ayudaron sin duda a elevar los precios al crear una escasez de bienes”(26).


Lo que sí parece claro es que la España del siglo XVI se caracteriza por la existencia de una gran inflación que, cómo no, afecto mucho a la España del siglo siguiente.


La economía en el siglo XVII siguió mostrando los males que padeció a lo largo del XVI: destrozada la Hacienda Real por las guerras y los altos precios, y sin la posibilidad de subir más los impuestos, se inició una “inflación” del vellón, que provocó innumerables desequilibrios en la economía española.


Para concluir, podemos mostrar la evolución que defiende José Larraz. El profesor afirma:

“La evolución económica de Castilla entre 1500 y 1700 nos presenta, por tanto, tres etapas claramente diferenciadas:

  1. 1500-1550. Las Indias constituyen un poderoso estímulo para la producción metropolitana.
  2. 1550-1600. Los beneficios del comercio con las Indias y la capacidad de absorción de éste determinan una participación creciente de la industria extranjera en tal tráfico, a través de Castilla; la coyuntura de la prosperidad castellana, bajo la presión de la competencia exterior, hace punto y final y entra en liquidación.
  3. 1600-1700. Las potencias europeas mantienen relación directa con las Indias y abastecen la mayor parte de las necesidades de éstas por vía del contrabando; el comercio con Sevilla se reduce y el que queda está dominado por los extranjeros.

Inferioridad de potencia industrial en 1500, desviación de los precios del nivel internacional, falta de espíritu capitalista y política de intervención en Europa, constituyeron un complejo que produjo efectos de dolorosa contemplación”(27).


Frente a todos estos problemas de índole económica reaccionó la Escuela de Salamanca, formada por profesores de la Universidad de Salamanca, dedicados a la teología y a la jurisprudencia, que centraron parte de sus estudios en el análisis de la situación económica en el Reino.


NOTAS Y CITAS:

  1. ELLIOT, John, La España imperial, Barcelona, Madrid, RBA, 2006.
  2. FRAGA IRIBARNE, Manuel, Don Diego Saavedra Fajardo y la diplomacia de su época, Madrid, Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, 1998.
  3. ALONSO FUEYO, Sabino, Saavedra Fajardo: el hombre y su filosofía, Valencia, Ediciones Guerri, 1949. P. 17.
  4. FRAGA IRIBARNE, Manuel, Don Diego Saavedra Fajardo y la diplomacia de su época, Madrid, Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, 1998.
  5. Op. cit., p. 90.
  6. FRAGA IRIBARNE, Manuel, Don Diego Saavedra Fajardo y la diplomacia de su época, Madrid, Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, 1998. P. 96.
  7. SAAVEDRA FAJARDO, Diego (Ed. Manuel Fraga Iribarne), Empresas políticas, Madrid, Anaya, 1972.
  8. Op. Cit., p. 17.
  9. MARAVALL, José Antonio, “Moral de acomodación y carácter conflictivo de la libertad”, Madrid, Cuadernos de estudios hispanoamericanos, mayo-junio 1971, número 257-258, páginas 225–254.
  10. Por Unión Evangélica se entiende los países adscritos a la fe cristiana protestante.
  11. FRAGA IRIBARNE, Manuel, Don Diego Saavedra Fajardo y la diplomacia de su Época, Madrid, Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, 1998. P. 47.
  12. AYALA, Francisco, El Pensamiento vivo de Saavedra Fajardo, Barcelona, Península, 2001. P. 16.
  13. MARAVALL, José Antonio, Saavedra Fajardo: “Moral de acomodación y carácter conflictivo de la libertad”, en Cuadernos hispanoamericanos, mayo-junio 1971, número 257- 258, pp. 225- 254.
  14. SAAVEDRA FAJARDO, Diego (Ed. Manuel Fraga Iribarne), Empresas políticas, Madrid, Anaya, 1972.
  15. Ibidem.
  16. FERRARI LAFUENTE, Enrique, “El arte en tiempos de Saavedra Fajardo”, Revista de estudios políticos de la región de Murcia, año III, número 5, 2º semestre 2004. Páginas 165- 169.
  17. Op. cit., p. 167.
  18. FERRARI LAFUENTE, Enrique, “El arte en tiempos de Saavedra Fajardo”, Revista de estudios políticos de la región de Murcia, año III, número 5, 2º semestre 2004. Páginas 165- 169.
  19. FERRARI LAFUENTE, Enrique, “El arte en tiempos de Saavedra Fajardo”, Revista de estudios políticos de la región de Murcia, año III, número 5, 2º semestre 2004. Páginas 165-169.
  20. Ibidem, p. 168.
  21. LARRAZ, José, La época del mercantilismo en Castilla 1500- 1700, Madrid, Ediciones Atlas, 1943.
  22. ELLIOT, John H., La España Imperial, Barcelona, RBA Coleccionables, 2006. P. 160.
  23. GRICE HUTCHINSON, Marjorie, La escuela de Salamanca. Una interpretación de la teoría económica española 1544- 1606, Salamanca, Kadnos, 2005.
  24. LARRAZ, José, La época del mercantilismo en Castilla 1500- 1700, Madrid, Ediciones Atlas, 1943. Pp. 46-47.
  25. LARRAZ, José, La época del mercantilismo en Castilla 1500- 1700, Madrid, Ediciones Atlas, 1943. Pp. 64-65.
  26. GRICE HUTCHINSON, Marjorie, La Escuela de Salamanca. Una interpretación de la teoría monetaria española 1544-1606, Salamanca, Kadnos, 2005. P. 91.
  27. LARRAZ, José, La época del mercantilismo en Castilla 1500- 1700, Madrid, Ediciones Atlas, 1943. P. 98.
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